Política

Nancy Fraser y el “capitalismo caníbal”: ¿Cómo cortamos la cabeza de la serpiente?

19 de mayo

La reconocida intelectual norteamericana Nancy Fraser desentraña en El capitalismo caníbal las múltiples dimensiones en las que este orden social está fagocitando cualquier posibilidad de reproducir otra cosa que no sea la barbarie.

Estamos atravesando una crisis muy peculiar. No “sólo” una crisis de desigualdad arrasadora y de trabajo precario mal remunerado; tampoco es nada más “una crisis de las labores de cuidado o la reproducción social”; ni apenas una crisis “de la migración y la violencia racialidad”; ni siquiera “‘simplemente’ una crisis ecológica en la que un planeta que se calienta arroja plagas letales”, o exclusivamente “una crisis política que presenta una infraestructura vaciada, un militarismo intensificado y una proliferación de hombres fuertes” [1]. Lo que atravesamos es una “crisis general de todo el orden social en la que convergen todas esas calamidades, agudizándose unas a otras y amenazando con tragarnos enteros”.

El orden social que nos condujo a este estado de cosas, uno que por su propia lógica amenaza lo que son condiciones fundamentales para su propia existencia, es lo que Nancy Fraser se propone desentrañar en El capitalismo caníbal, libro que acaba de ser editado en español por Siglo XXI.

El libro se propone un diálogo con el bienvenido regreso en los últimos tiempos, dentro de las corrientes de pensamiento crítico, especialmente en el mundo anglosajón, de la discusión sobre el capitalismo. El retorno de este concepto al debate, “es un claro indicador, si es que hiciera falta alguno, de la profundidad de la crisis actual”. El problema, señala Fraser, es que gracias a “décadas de amnesia social”, generaciones enteras “de jóvenes activistas y académicos se han convertido en sofisticados practicantes de análisis de discurso mientras se mantienen absolutamente inocentes respecto de las tradiciones de Kapitalkritik”. Pero al mismo tiempo, la autora observa que los veteranos de eras previas de fermento anticapitalista “fracasaron en gran medida […] en incorporar las ideas del pensamiento feminista, ecológico, poscolonial y de liberación negra en su comprensión del capitalismo de manera sistemática”. Es a esta articulación que se propone contribuir con Capitalismo caníbal, para formular “concepciones del capitalismo y de la crisis capitalista adecuadas a nuestro tiempo”.

El capitalismo, argumenta Fraser, no puede entenderse simplemente como un “sistema económico basado en la propiedad privada y el intercambio de mercado, el trabajo asalariado y la producción con fines de lucro”. Esta definición resulta en su opinión “demasiado estrecha, oscureciendo en lugar de revelar la verdadera naturaleza del sistema”. En contraposición, considera que debe entenderse el capitalismo como “un orden social que faculta a una economía impulsada por las ganancias para aprovechar los soportes extraeconómicos que necesita para funcionar”. Estos apoyos extraeconómicos están constituidos por: “riqueza expropiada de la naturaleza y de los pueblos sometidos; múltiples formas de trabajo de cuidados, crónicamente infravaloradas cuando no completamente desacreditadas; bienes públicos y poderes públicos […] la energía y la creatividad de los trabajadores”.

Para comprender cómo el orden social capitalista articula estas distintas formas de opresión y exacción de riqueza, Fraser propone correr las cortinas detrás de la “oculta sede de la producción”, como la llama Karl Marx en El capital [2]. La referencia apunta a un giro clave en la argumentación de Marx en este libro. Las dos primeras secciones del libro se movieron en la esfera del intercambio mercantil, aquella en la que todos los compradores y vendedores de mercancías se ubican en pie de igualdad, portadores de los mismos derechos y ejecutores de libre voluntad, lo que vale, en el terreno de la compra y venta de mercancías, también para una relación fundamental para comprender la valorización y la ganancia: la que existe entre la clase trabajadora y la de los capitalistas, dueños de los medios de producción, que son, respectivamente, vendedora y compradora de la fuerza de trabajo convertida en mercancía. En la “sede oculta” de la producción, capitalista y fuerza de trabajo ya no se enfrentan como poseedores de mercancías en igualdad de condiciones. La segunda, queda a disposición del primero por el tiempo que dura la jornada laboral, y es, para el dueño de los medios de producción, un objeto más para desarrollar la misma, tanto como las materias primas o las maquinarias, con el pequeño detalle de que es la fuerza de trabajo la única que permite obtener una ganancia.

Fraser nos propone que debemos ir más allá en el procedimiento de Marx, para ver qué es lo que incluso en esta “sede oculta” todavía no se puede ver. Si seguimos corriendo las cortinas que velan los procesos de producción del capital, aparecen otras condiciones de posibilidad fundamentales para que tengan lugar las relaciones de producción capitalista.

En el recorrido que va a hacer por estos distintos terrenos, la postura de Fraser respecto de los aportes de Marx y el marxismo para abordarlos va a oscilar entre cierta ambigüedad –no achaca específicamente a Marx una visión “estrecha” del capitalismo como economía, aunque parecería sugerir una mirada crítica a esta tradición por supuestamente no profundizar en una mirada más amplia como la que ella propone– y la crítica abierta, como cuando reconoce al revolucionario alemán haber desarrollado, en su crítica de la economía política, una explicación sistemática de la explotación que realiza el capital de la fuerza de trabajo, pero no haber avanzado en incorporar la expropiación de forma igualmente sistemática. Críticas similares aparecerán en el terreno de la reproducción social –cuestión sobre la que la introducción a los Grundrisse deja muchas pistas y sobre la que el compañero de Marx, Friedrich Engels, dio importantes definiciones–, o en el problema ambiental, a contramano en este último caso de trabajos recientes que muestran –quizás exagerando su sistematicidad– la atención que Marx le dedicó al problema. De esta forma, se construye una mirada muy parcial que sugiere una desatención o falta de sistematicidad en la matriz teórica de Marx y de buena parte del marxismo posterior hasta nuestros días de estos problemas, cuando en realidad es en las elaboraciones de muchos autores de esta tradición en los que va a abrevar la propia Fraser. El interesante diálogo que propone a nuevas generaciones proponiendo ir a la raíz estructural en el capitalismo de las cuestiones que va abordando, a contracorriente de buena parte del pensamiento crítico contemporáneo que toma otros caminos, va a acompañado de cierta exageración de lo novedoso que estaría trayendo Capitalismo Caníbal.

Fraser va a dedicar un capítulo a cada una de estas dimensiones que permiten ampliar la comprensión del capitalismo: su “racismo estructural”; el aprovechamiento y simultánea invisibilización de una reproducción social cuyas condiciones de sostenimiento están cada vez más erosionadas; el saqueo y degradación ambiental que produce la apropiación capitalista de la naturaleza, y, finalmente, la creciente inclinación autoritaria de los regímenes políticos en todo el planeta.

El análisis se mueve siempre en dos niveles. Se presenta primero los rasgos estructurales a partir de los cuales el capitalismo mantiene el racismo, refuerza el patriarcado, afecta el ambiente de formas cada vez más riesgosas y crecientemente irreversible, y degrada las instituciones de la democracia que para los ideólogos del capitalismo estuvieron íntimamente asociadas desde sus orígenes a este modo de producción. A contramano de muchas tendencias contemporáneas en las ciencias sociales, que tienden a abordar cada una de las dimensiones problematizadas de manera aislada, y sin conexión con el fenómeno totalizador de la autora pone en el centro, el capitalismo, se exponen acá las raíces por las cuáles la canibalización que produce en cada una de estas distintas esferas resulta inescapable para este orden social. Pero Fraser no se limita a señalar estas raíces estructurales. Este análisis es seguido por un abordaje histórico que reconoce la sucesión de distintos regímenes capitalistas a lo largo de la historia. Estos son definidos como: el capitalismo comercial o mercantil, que ubica entre los siglos XVI a XVIII, es decir, el período de transiciones europeas del feudalismo al capitalismo, y de consolidación y avance de las colonizaciones europeas iniciadas por España y Portugal; el régimen capitalista liberal-colonial, que extiende aproximadamente hasta la crisis de 1930; el capitalismo “administrado por el Estado”, que siguió a la crisis de 1929 con el New Deal en EE. UU., y que se reforzó después de la salida de la II Guerra Mundial, y, finalmente, el capitalismo financiarizado de las últimas décadas cuyo rasgo definitorio, en la periferia sobre todo pero también en el centro, ha sido la deuda, a través de la cual “canibaliza el trabajo, disciplina a los estados, transfiere la riqueza de la periferia al centro y absorbe valor de los hogares, las familias, las comunidades y la naturaleza”. Fraser sostiene que cada régimen capitalista tuvo sus rasgos específicos de racismo; estableció condiciones particulares para las relaciones patriarcales y para la reproducción social; produjo naturalezas históricas específicas con sus trastornos metabólicos correspondientes, y generó un orden político con rasgos históricos determinados.

El capitalismo, estructuralmente racista
Fraser va a argumentar que el orden social capitalista es constitutivamente racista. El nexo entre explotación y expropiación “no está escrito en piedra” sino que “cambia históricamente a lo largo del desarrollo capitalista”. Fraser muestra cómo la cuestión del racismo se vuelve fundamental en el capitalismo liberal colonial para fundamentar un saqueo colonial y dominios de ultramar cada vez más extendidos, donde los Estados europeos que habían otorgado reconocimiento de ciudadanos libres a sus poblaciones después de las revoluciones burguesas, reducían a la condición de vasallos a las poblaciones de ultramar. Desde entonces se fue reformulando, a medida que se transformaban las relaciones con el mundo colonial (que obtuvo su independencia formal después de la Segunda Guerra) y cambiaban las condiciones de los sucesivos regímenes capitalistas. Por ejemplo, la generalización de la relación laboral bajo esquemas fordistas desde 1920 o 1930 tuvo lugar de la mano de formas de segregación reforzada, como los mercados laborales segmentados, en los que los trabajadores blancos recibían mayores remuneraciones.

La base estructural para el racismo está en que crea las condiciones para dejar “afuera” a determinados sectores de la población, ya sea en el centro o en la periferia. Esto los vuelve potencialmente objetos de los procesos de expropiación, que son una “condición necesaria para la explotación”. ¿Qué significa expropiación, como algo diferenciado de la explotación? La expropiación “es acumulación por otros medios, –otros, esto significa, que la explotación–”. La expropiación “funciona confiscando las capacidades humanas y los recursos naturales y reclutándolos en los circuitos de expansión del capital” y está estrechamente ligada al racismo, que fundamenta distintas formas de opresión y de negación de los derechos que gozan en la sociedad capitalista quienes están sometidos a la condición de explotación. El trabajo “no libre, dependiente, no asalariado” jugó un rol nada desdeñable en la acumulación de capital, y lo sigue haciendo. Numerosas condiciones de sometimiento apoyadas en la segregación justificaron expropiaciones en gran escala y a través de diversos mecanismos. Siguiendo a David Harvey (a quien hace referencia en el capítulo introductorio a este respecto aunque no lo retoma en el capítulo) la idea es que las expropiaciones –en Harvey desposesiones– son un proceso que tiene lugar en toda la historia del capitalismo, y son vitales para la acumulación en todas las fases.

En este punto, si bien Fraser reconoce la importancia que Marx le dio a las expropiaciones en gran escala cuando discute la acumulación originaria –categoría de la propia economía política cuyo contenido concreto demuestra Marx y que lo lleva a decir que el capitalismo viene al mundo chorreando sangre por todos los costados–, esto no le impide afirmar que, con su foco en la explotación, Marx “no revela ninguna base estructural comparable para la opresión racial”. Llega a la conclusión de que “en este punto, al menos, la perspectiva de la explotación se sienta incómodamente cerca de la del intercambio”, esto es, de la perspectiva ideológica de la economía política burguesa y de sus vulgarizaciones posteriores.

Lo paradójico es que, no solo Harvey o Rosa Luxemburg, a quienes la autora menciona, sino también otros marxistas como Ernest Mandel, otorgaron un lugar clave a los procesos de acumulación originaria, o “expropiaciones”, en la historia del capitalismo. En todos los casos, abrevando el Marx para desarrollar estas visiones, claramente sistemáticas como reclama la autora. Aunque en el caso de Harvey, como le hemos criticado anteriormente y como también le ocurre a Fraser, hay una cierta tendencia a exagerar el desplazamiento de la explotación hacia la desposesión en el último período, que Fraser define como del capitalismo financiarizado.

Bajo el régimen capitalista financiarizado de la actualidad, sostiene, “vemos una gran expansión del híbrido expropiación/explotación”. Gran parte de la explotación manufacturera se trasladó a la periferia, donde siguen teniendo lugar también procesos de expropiación en escala creciente, en niveles tales “que amenaza con superar una vez más a la explotación como fuente de ganancias”. La deuda juega en estos procesos un rol central. Para Fraser, también en el centro la acumulación crece cada vez más por la vía de la expropiación, a medida que “el trabajo precario de bajo salario reemplaza al trabajo industrial sindicalizado, los salarios caen por debajo de los costos de reproducción socialmente necesarios”, y cada vez más los asalariados dependen de distintos mecanismos de endeudamiento para sostener su reproducción. La consecuencia es la centralidad que adquiere “una nueva figura, formalmente libre, pero agudamente vulnerable: el ciudadano-trabajador expropiado y explotado”. La expropiación, sostiene “ya no se limita a las poblaciones periféricas y las minorías raciales, se está convirtiendo en la norma”. Sin embargo, “el continuo expropiación/explotación permanece racializado. Las personas de color todavía están representadas de manera desproporcionada en el extremo expropiatorio del espectro, como vemos en los Estados Unidos”.

Al no adentrarse específicamente a lo largo del libro en cómo han operado y lo hacen hoy los mecanismos de la explotación –estructural e históricamente– tal como lo hace con la expropiación, la delimitación entre uno y otro dentro del entrelazamiento que plantea, no queda clara. No sorprende que esto vaya de la mano con la primacía que tiende a otorgar a la expropiación.

El banquete de la reproducción social
El capital, como valor en proceso, solo puede existir si encuentra disponible la mercancía fuerza de trabajo de la cual extraer continuamente nuevo plusvalor. Esta existencia de la fuerza de trabajo presupone toda una serie de actividades que constituyen buena parte de lo que se conoce como reproducción social. Se trata de toda una serie de “trabajos de cuidado”, como se los llama más coloquialmente, que van desde la crianza de las nuevas generaciones hasta encargarse de las personas adultas mayores, pasando por el trabajo doméstico en el hogar y la educación. Esta reproducción social se intersecta con los procesos de producción de valor, ya que algunas actividades dentro de la misma se convirtieron, en parte al menos, en rubros subsumidos por el capital. Pero buena parte de la reproducción social se realiza en el ámbito privado –como trabajo invisibilizado dentro del ámbito familiar o como “servicios personales” que en general son remunerados informal y pobremente– o bajo la órbita de las prestaciones públicas. Todo este trabajo social desarrollado fuera de la esfera del capital, contribuye a producir la mercancía fuerza de trabajo pero no le “cuesta” nada al capital, ya que el “precio” que debe pagar como salario, tiene en cuenta solamente la cobertura de aquellas necesidades que las y los trabajadores deben pagar con dinero. La reproducción social, cuando no se lleva a cabo como servicios desarrollados por una empresa en pos de una ganancia, no le cuesta nada a la clase capitalista. “La economía capitalista se basa en actividades de provisión, cuidado e interacción que producen y mantienen lazos sociales, aunque no les otorga ningún valor monetario y los trata como si fueran gratuitos”.

La sociedad capitalista está caracterizada por una tendencia a canibalizar “sistemáticamente la reproducción social”: desvía “los recursos emocionales y materiales que deberían dedicarse al trabajo de cuidado a otras actividades no esenciales, que engordan las arcas corporativas mientras nos matan de hambre”. Esto amenaza la reproducción de la propia sociedad. La comprensión de que esta tendencia voraz del capital podía amenazar las bases de la sociedad, pero sobre todo la resistencia de las clases explotadas, explican los distintos intentos de administrar esta contradicción. A finales del siglo XIX tuvieron lugar una serie de reformas “en parte creando ‘la familia’ en su forma restringida moderna; inventando significados nuevos e intensificados de la diferencia de género; y modernizando la dominación masculina”. Más recientemente, el capitalismo estatista, “buscó desactivar la contradicción entre la producción económica y la reproducción social de una manera completamente nueva: alistando el poder estatal del lado de la reproducción”. El desarrollo de las instituciones del “bienestar social” resultaba clave para salvar “al sistema capitalista de sus propias propensiones autodesestabilizadoras –así como del espectro de la revolución en una era de movilización de masas–”. Asimismo, la productividad “y la rentabilidad requerían el cultivo biopolítico de una fuerza laboral saludable y educada con intereses creados en el sostenimiento del sistema”.

Pero fueron sobre todo las clases trabajadoras, tanto mujeres como hombres, quienes encabezaron la lucha por la provisión pública; y actuaron por sus propias razones. Para ellos, la cuestión era la plena pertenencia a la sociedad como ciudadanos democráticos y, por tanto, la dignidad, los derechos y la respetabilidad, así como la seguridad y el bienestar material, todo lo cual se entendía que requería una vida familiar estable.

Aunque está mencionado al pasar “el espectro de la revolución”, quizás la autora no pone suficiente énfasis al hecho de que estas reformas en la reproducción social, así como el conjunto de mecanismos del régimen capitalista estatista que señala, estuvieron determinados por la amenaza que significaban las tendencias revolucionarias de la clase obrera, que no sólo apuntaban a una “pertenencia a la sociedad como ciudadanos democráticos” sino que, en amplios sectores movilizados, estaba la perspectiva de apuntar contra el poder de la clase capitalista, tomando el ejemplo de la Revolución rusa de 1917 que a pesar de la estalinización seguía representando un ejemplo para las clases trabajadoras de todo el mundo.

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Fraser subraya que, mientras en los países ricos tenían lugar estas intervenciones, “la defensa de la reproducción social en el centro estaba enredada con el (neo)imperialismo”. Los regímenes fordistas “financiaron los derechos sociales en parte mediante la expropiación en curso de la periferia, incluida la ‘periferia dentro del centro’”. Además. “tampoco estuvo ausente la jerarquía de género en estos arreglos”.

El capitalismo financiarizado que emergió de la crisis que puso fin al boom de posguerra, se caracterizó por promover la desinversión en el bienestar social, al mismo tiempo que el deterioro de los ingresos de la clase trabajadora facilitó reclutar “en gran medida a mujeres en la fuerza laboral remunerada”. Los sectores de la reproducción social que el Estado había tomado a su cargo se redujeron, “externalizando el trabajo de cuidados a las familias y las comunidades al tiempo que disminuye su capacidad para realizarlo”. El resultado fue para la autora una organización dualizada de la reproducción social, mercantilizada para quienes pueden pagarla y llevada a cabo en la esfera doméstica –mediante trabajo invisibilizado y no remunerado– para quienes no. Una aclaración importante, en nuestra opinión es que la dualización que señala Fraser en la actualidad no es una novedad del período reciente; siempre los sectores de mayores recursos han pagado por las tareas de cuidado en la medida de lo posible, aunque en la actualidad esto puede estar más asociado que antes a la prestación de estos como servicios por parte de firmas capitalistas.

La naturaleza en las fauces
Las crisis ecológicas no son privativas de la sociedad capitalista. Pero sí es característico del capitalismo generar trastornos ambientales “de forma no accidental, en virtud de su propia estructura”. El capital, para el cual la naturaleza queda reducida a “recursos”, no ingresa en su ecuación los tiempos que la naturaleza requiere para regenerarse adecuadamente, ni tampoco contabiliza los efectos que su accionar genera en el ambiente –salvo tal vez cuando estos resultan inocultables y alguna agencia regulatoria debe intervenir para mitigarlos–. “Preparada sistémicamente para aprovecharse de una naturaleza que en realidad no puede autorreabastecerse sin límites, la economía del capitalismo siempre está al borde de desestabilizar sus propias condiciones ecológicas de posibilidad”.

El capitalismo mercantil inició “la conquista y el extractivismo en la periferia” que los sucesivos regímenes capitalistas no harían más que profundizar. El régimen liberal-colonial estuvo marcado por el giro a la energía exosomática –generada transformando energía fuera del cuerpo humano– a partir de combustible fósil. La máquina de vapor “pareció liberar a las fuerzas productivas de las limitaciones de la tierra y el trabajo”. El carbón, “que anteriormente sólo tenía interés localmente como sustancia que se quemaba para generar calor, ahora se convirtió en un producto comercializado internacionalmente”. Los depósitos de energía “formados durante cientos de millones de años se consumieron en un abrir y cerrar de ojos para impulsar la industria mecanizada, sin importar la reposición o la contaminación”.

Esta fuente energética fue también para los capitalistas una herramienta para reformular las relaciones de producción en su favor. La manufactura se pudo centralizar en las ciudades, donde contaba con una fuerza de trabajo más abundante y disciplinada. La energía fósil creó la ilusión de una emancipación de la dependencia de los procesos productivos de la tierra y del músculo animal, pero la industrialización “en Europa, América del Norte y Japón descansaba en una sede oculta de extractivismo” en la periferia.

El período del capitalismo estatista “abrazó y extendió” el legado exosomático plenamente. El nuevo hegemón, EE. UU., “orquestró una amplia expansión en las emisiones de gases de efecto invernadero”. En el corazón de la misma se ubicó el complejo industrial formado “alrededor del motor de combustión interna y el petróleo refinado”. Mientras en los países imperialistas se reforzaban el estado de bienestar y la integración de sectores de la fuerza de trabajo a través de políticas de conciliación, “lo que sostuvo el aumento del gasto público en bienestar social en el Norte Global fue el saqueo privado intensificado de la naturaleza en el Sur Global”. En simultáneo, las “ecoexternalidades” generadas por la contaminación eran descargadas en las comunidades más pobres –y generalmente racializadas– dentro de los países del Norte Global. La evidencia de las consecuencias ecológicas gravosas de este proceso, estimuló el desarrollo de movimientos ambientalistas. Si bien este activismo pudo arrancar algunas concesiones como la creación de agencias de protección ambiental, esto empalideció en comparación con la disrupción producida por la escala masiva de las emisiones industriales.

En el capitalismo contemporáneo, “todos estos ‘males’ continúan con esteroides, aunque sobre una base alterada”. La reubicación de la fabricación en el Sur Global ha alterado la geografía energética anterior. La economía “posmaterial” que domina en los países más ricos –industria tecnológica, finanzas y servicios– genera otra vez la apariencia de una emancipación de los procesos productivos respecto de la naturaleza. Pero este “‘posmaterialismo’ se basa en el materialismo del Sur (minería, agricultura, manufactura), así como en el fracking y la perforación en alta mar en su propio patio trasero”.

Faenando la democracia
Luego de extender los contornos de los procesos que el capitalismo canibaliza, exponiendo la expropiación y el racismo, el parasitismo de la reproducción social, y el saqueo ambiental, Fraser aborda las formas en las que el capitalismo avasalla la democracia. Señala que “los males democráticos de hoy forman el hilo específicamente político de la crisis general que está sumergiendo nuestro orden social en su totalidad”. Para la autora, “el poder público legítimo y eficaz es una condición de posibilidad para la acumulación sostenida de capital”; sin embargo, “el impulso del capital hacia la acumulación sin fin tiende con el tiempo a desestabilizar los mismos poderes públicos de los que depende”.

Nuevamente, la autora va a demostrar cómo cada régimen capitalista estuvo caracterizado por dinámicas de crisis específicas. Los Estados absolutistas intentaron sostener regímenes mercantilistas regulados en el interior de sus fronteras, mientras impulsaban el comercio bajo la ley del valor sin restricciones en el comercio exterior. Las tensiones dentro de este orden “se intensificaron a medida que la lógica del valor que operaba internacionalmente comenzó a penetrar el espacio doméstico de los estados europeos”, alterando “las relaciones sociales entre los terratenientes y sus dependientes y fomentando nuevos entornos profesionales y comerciales en los centros urbanos”. Igualmente corrosivo resultó el endeudamiento crónico de los soberanos. Para hacer frente a esto y aplicar nuevos impuestos debieron convocar protoparlamentos que no siempre pudieron controlar. En ocasiones, como en Francia, terminaron desatando la revolución.

El régimen liberal que surgió como resultado de estas crisis estaba caracterizado por una “aparentemente división marcada entre el poder público de los Estados, por un lado, y el poder privado del capital, por el otro”. Pero los Estados “estaban todo el tiempo usando el poder represivo para santificar las expropiaciones de tierras que transformaban a las poblaciones rurales en proletarios doblemente libres”. De esta manera, establecieron las condiciones previas de clase para la explotación a gran escala del trabajo asalariado, con las tensiones de clases que esta iba a producir. También, por supuesto, ejercieron toda la fuerza necesaria para conquistar y mantener los territorios coloniales. La inestabilidad fue característica de este régimen, tanto en las metrópolis como en las colonias.

Bajo el capitalismo estatista, “los Estados del centro comenzaron a utilizar el poder público de manera más proactiva dentro de sus propios territorios para prevenir o mitigar las crisis”. Estos arreglos, parecieron, bajo el contexto de la guerra fría con la URSS, estabilizar la situación durante un tiempo. Pero este régimen se topó finalmente con sus contradicciones. “El aumento de los salarios y la generalización de las ganancias de productividad se combinaron para reducir las tasas de ganancia en la industria manufacturera central”, lo que “provocó nuevos esfuerzos por parte del capital para liberar a las fuerzas del mercado de la regulación política”. Mientras tanto, “una Nueva Izquierda global estalló para desafiar las opresiones, exclusiones y depredaciones sobre las que descansaba todo el edificio”.

El capitalismo financiarizado ha rehecho la relación economía/política una vez más. En este régimen, “los bancos centrales y las instituciones financieras globales han reemplazado a los estados como árbitros de una economía cada vez más globalizada”. Son ellos, “no los estados, quienes ahora crean muchas de las reglas más importantes que gobiernan las relaciones centrales de la sociedad capitalista: entre el trabajo y el capital, los ciudadanos y los estados, el centro y la periferia y, crucial para todo lo anterior, entre deudores y acreedores”. El capitalismo financiarizado se caracteriza por una “gobernanza sin gobierno”, que se fue exacerbando a medida que se hizo más palpable el deterioro duradero de las condiciones de vida en todos los órdenes. Sobre todo después de la crisis de 2008, los sectores políticos más abiertamente ligados a la aplicación de las políticas neoliberales vieron erosionarse su base. Esta crisis abrió las puertas de los Trump y Bolsonaros –que no lograron reelegir para un segundo mandato–, así como de los giros cada vez más bonapartistas de regímenes como el de Erdogan en Turquía o el de Modi en India. La perspectiva, en opinión de Fraser, es que “nos enfrentamos a un terreno inestable sin un bloque gobernante hegemónico ampliamente legítimo”, lo que preanuncia la continuidad de los giros pendulares que observamos en EE. UU. o Brasil, donde tanto Biden como Lula enfrentaron dificultades para estabilizarse después de las convulsiones que caracterizaron a sus antecesores. La dominación sin consenso o con un consenso debilitado, y cada vez más inestable, es lo que tiene para ofrecer este capitalismo caníbal.

La serpiente que se muerde la cola
Como el uróboro, la voracidad del capital, en su incesante acumulación sin fin, fagocita las condiciones que lo hacen posible. Fraser muestra cómo las distintas crisis que produjo el orden social en cada dimensión, están estrechamente interrelacionadas, se retroalimentan, y amenazan las posibilidades de continuidad del propio capitalismo. No existe una “solución” definitiva a estas contradicciones. Y esto no se debe simplemente a que las propias oposiciones que atraviesan a este sistema y que Marx desentraña en su crítica de la economía política. También, porque por más esfuerzos que haga el capitalismo por fagocitar mediante expropiaciones, subordinando la reproducción social, modificando a la naturaleza y avasallando cualquier cuestionamiento político, no puede subsumir completamente a estas esferas. Es que, observa Fraser “aun cuando estos órdenes ‘no económicos’ hacen posible la producción de mercancías, no son reducibles a esa función habilitadora”. El capitalismo es una totalidad que no se termina de cerrar, integra a estas esferas pero encuentra resistencia. “Lejos de estar totalmente agotadas por la dinámica de la acumulación o completamente subordinadas a ella, cada una de estas moradas ocultas alberga ontologías distintivas de práctica social e ideales normativos”. En cada uno de los terrenos mencionados, el capital enfrenta fuerzas que se le oponen.

El capitalismo caníbal precipita una amplia gama y una mezcla compleja de luchas sociales: no solo luchas de clases en el punto de producción, sino también luchas por los límites, en las articulaciones constitutivas del sistema. Donde la producción choca con la reproducción social, el sistema incita a los conflictos por el cuidado, tanto público como privado, remunerado y no remunerado. Donde la explotación se cruza con la expropiación, fomenta luchas por la “raza”, la migración y el imperio. Luego, donde la acumulación choca con el lecho de roca natural, el capitalismo caníbal provoca conflictos por la tierra y la energía, la flora y la fauna, el destino de la tierra. Finalmente, donde los mercados globales y las megacorporaciones se encuentran con los estados nacionales y las instituciones de gobierno transnacional, provoca luchas sobre la forma, el control y el alcance del poder público.

El planteo de Fraser, tiene el punto fuerte de señalar que, para atacar la raíz del capitalismo canibal en todas sus facetas, es necesario dar una respuesta (anti)sistémica. Ninguno de estos flagelos tendrá fin si no se cortan las fauces del caníbal. Las “luchas por los límites”, en tanto permanecen como tales, cuestionan la voracidad del sistema en determinada esfera y pueden lograr fijarle algunos límites si tienen éxito, pero no alcanzan para producir una alternativa, y cualquier conquista estará continuamente amenazada. Además, la crisis exacerbada en todos los órdenes vuelve cada vez menos viables las salidas que no ataquen la raíz, el canibalismo del capital. Se impone, para Fraser articulando las luchas en las distintas esferas en “un proyecto emancipador y contrahegemónico de transformación eco-societal de suficiente amplitud y visión para coordinar las luchas de múltiples movimientos sociales, partidos políticos, sindicatos y otros actores colectivos”.

Si es interesante y muy pertinente en la actualidad la concretización que desarrolla Fraser de las distintas esferas que hacen al orden social capitalista, más allá de su “economía”, sin duda la mayor debilidad del argumento es que dicha economía, con sus procesos y contradicciones que operan sobre los demás terrenos, queda convertida en una especie de “caja negra”, cuyos mecanismos son bastante dados por sentados. Las “canibalizaciones” que tienen lugar en las relaciones de explotación, que en las últimas décadas estuvieron marcadas por la ofensiva del capital sobre el trabajo para imponer nuevas rondas de flexibilización, apelando a la mundialización para “arbitrar” entre las clases trabajadoras de los distintos países, estimulando las divisiones y nacionalismos, y más recientemente, apelando a los fantasmas de la automatización generalizada como mecanismo para imponer más disciplina, no reciben un tratamiento sistemático en este trabajo. Sería injusto decir que no aparecen, pero lo hacen en el marco del tratamiento de las esferas que Fraser ubica en el “afuera” de la economía, sin poner el foco allí ni realizar una reconstrucción histórica equivalente a las que reciben la cuestión del racismo y la expropiación, la reproducción social, el saqueo de la naturaleza y el régimen democrático. La autora explicita desde el vamos que su proyecto es “completar” la imagen del capitalismo reponiendo todo lo que una definición estrecha del mismo deja oculto. La mirada sistemática y conjunta de estas problemáticas es un gran aporte, pero resulta inevitable la sensación de que, al no adentrarse en el corazón de la bestia, se reproduce una cierta relación de exterioridad entre el mecanismo económico en sí mismo y los terrenos que el capitalismo canibaliza, sin llegar a mostrarse del todo como una totalidad concreta que es lo que busca la autora.

Si bien es importante enfatizar todo lo que tiene lugar más allá de la explotación, no adentrarse en lo que ha ocurrido con la propia explotación, que tampoco es una dimensión estática y también atravesó transformaciones, tiene como consecuencia no poder indagar hasta el final sobre las condiciones de posibilidad de un sujeto social que pueda convertirse en articulador para proponerse superar al capitalismo caníbal.

El libro termina con un breve paneo de cómo deberíamos prefigurar el socialismo en el siglo XXI. Su punto de partida es que debemos partir de la visión extendida del capitalismo desarrollada a lo largo del libro, para pensar una sociedad postcapitalista que encare de manera conjunta todas las contradicciones planteadas. Introduce varias definiciones pertinentes, y otras más discutibles. Pero lo que salta a la vista antes que nada, es la falta de algún hilo que conduzca desde las “luchas por los límites” a la articulación de un sujeto social que pueda ubicarse como dirigente para ese “proyecto emancipador y contrahegemónico” que la autora reivindica. Dejar el mecanismo de explotación como una “caja negra” en la cual Fraser no penetra, es dar por sentado, no poner en primer plano, el centro de gravedad de este modo de producción. En el énfasis por poner de relieve todas aquellas esferas que están presupuestas en la explotación capitalista, queda desdibujado el papel fundamental que juegan las luchas en este terreno para cualquier proyecto que se proponga superar al capitalismo. La lógica de la valorización, que como bien muestra Fraser sobreimprime sus consecuencias en todas aquellas esferas que quedan fuera del cálculo de la ganancia, solo puede cortarse de cuajo arrebatando de las manos de los capitalistas los medios de producción fundamentales, para empezar a construir una sociedad sin explotadores ni explotados. La desatención por la caja negra de la explotación, es consistente con la ausencia en Fraser de cualquier observación sobre el rol clave de la clase trabajadora, que es la única con el poder social para expropiar a los expropiadores capitalistas, y que tiene el desafío de dotarse de un programa hegemónico que combata en todas las dimensiones al capitalismo caníbal.

Fuente: La Izquierda Diario.

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