Política

Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto: palabras para evitar la desmemoria

27 de enero

Para evitar la desmemoria, necesitamos de las palabras. Palabras para reparar el mundo, palabras que no se lleve el viento, palabras para habitar nuevos corazones. Palabras para confrontar con respeto. Palabras para recordar, palabras capaces de reescribir tantas vidas devastadas.


(Imagen: Cordon Press)

Delphine Horvilleur cita a André Malraux: “La tragedia de la muerte es que transforma la vida en destino”. Intentando transformar el sentido de esta frase en su libro Vivir con nuestros muertos, considera que, para recordar la vida, no es necesario partir de la tragedia. Hay otras maneras de transformar una vida en destino y para eso sirven las palabras. Crear relatos que construyan y recuperen vidas. No permitir que la biografía se reduzca a su final trágico.

La memoria se alimenta de relatos construidos con palabras. En su autobiografía novelada, Amos Oz narra particularmente la afectación de su familia por el Holocausto y parece decir: “Del martirio resurgimos perennes”. Rescata múltiples anécdotas familiares, de amigos y amigas de sus padres, tíos y abuelos, revisa fotos y cartas. Historias de niños/as, jóvenes, hombres y mujeres antes de ser asesinados en el bosque de Ponary, un bosque de Vilna. Palabras para su tío David, hermano de su padre. “El tío David se consideraba un hombre de su tiempo: un europeo arquetípico, multicultural, políglota, desenvuelto, capacitado, ilustrado, una persona ante todo moderna. Despreciaba los prejuicios y los odios étnicos oscurantistas, no le pasaba por la cabeza doblegarse ante todos esos racistas descerebrados, ante los instigadores y los lóbregos antisemitas llenos de creencias banales, cuyas voces estridentes prometían ‘muerte a los judíos’. El tío David se quedaría ahí, en Vilna, en su puesto, en una de las antiguas trincheras más importantes de la Ilustración europea, racional, de amplias miras, tolerante y liberal que entonces se defendía de las olas de barbarie que amenazaban con ahogarla. Permanecería ahí. Hasta el final. Donde no hay hombres, sé un hombre”.

Y recordando a su madre, que era de Rovno, escribe: “Y allí, en el bosque de Sosenki, entre ramas, pájaros, setas, grosellas y bayas, los alemanes, en dos días, mataron al borde de las fosas a unas veinticinco mil personas. Entre ellos, estaban casi todos los compañeros de clase de mi madre. Y los padres de sus compañeros… Y también los profesores de mi madre, Isacar Reis, el director con su personalidad carismática y sus ojos penetrantes, hipnóticos, cuya mirada atravesaba los sueños de las alumnas adolescentes, y Yitzhak Berkovsky, siempre adormilado y despistado, y el irascible Eliezer Buslik, que enseñaba Cultura de Israel, y Panke Zaidmann, que daba clases de Geografía…” (Amos Oz: Una historia de amor y oscuridad).

Recuperar palabras que permiten llevar ante la vista de los demás aquello que los demás no saben, no pueden ver o han olvidado. Lo que fue, lo que no fue y lo que pudo haber sido. El poder de las palabras para crear y recrear la realidad. El pasado que ilumina el presente. Las narraciones inaudibles, de los “olvidados de la tierra”. Palabras para seguir honrando con amor la memoria de nuestros/as ausentes, brillante luz de su presencia constante. Palabras de Borges: “Sólo una cosa no hay. Es el olvido”.

Fuente: Jaschele Burijovich para La tinta / Imagen de portada: Galerie Bilderwelt/Getty Images.

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