Política

«Cuidar a la tierra es cuidar a la propia madre»

15 de abril

Gianni Bulacio es fotógrafo nacido hace 37 años en San Salvador de Jujuy. Tras sus primeros pasos en el ámbito periodístico, decidió enfocar su trabajo en la fotografía documental, retratando la realidad andina, las comunidades rurales, sus paisajes y su gente. Consciente de su fin y orgulloso de sus orígenes, describe la sabiduría ancestral de su pueblo, de la Madre Tierra y de cómo ve el mundo desde el oficio que abraza: «Lo que quiero con la fotografía es expresar la vida, la semilla que crece y se cosecha».

Los inicios
—¿Por qué la fotografía? ¿Qué busca a través de ella?

—Hago fotos porque es un lenguaje hábil para contar, donde me es más fácil comunicar a diferencia de hablar o escribir. Es también una herramienta que puede ayudar a otras personas, a movilizar cambios positivos en muchos aspectos de la sociedad. No creo que la fotografía cambie el mundo, pero sí creo que como fotógrafo busco ayudar a través de ella.

—¿Qué temáticas siente que le atraviesan e influyen al momento de fotografiar y, quizá, antes no le influían tanto?

—Las igualdades-desigualdades y la soberanía alimentaria. En cambio, cuando recién empecé quería hacer fotos de skaters…

—¿Dónde estuvo el click?

—En los viajes, en recorrer, en andar por ahí, por la Quebrada, en conectar con su gente. Cuando entendí que la fotografía era una herramienta recontra potente, que se iba a potenciar con las redes sociales y que la llegada iba a ser mucho más efectiva, ahí dije: no puedo dedicarme a querer hacer fotos lindas y nada más, tengo que decir algo. Estoy cosechando sabiduría y la puedo transmitir con este instrumento gigante que tengo en mis manos.


Foto: Gianni Bulacio

La cultura andina
—¿Qué le interesa mostrar de su pueblo?

—La belleza. Fue un disparador muy grande. Hacía 15 años no había tanta gente ni era común que se fotografiaran sitios desconocidos. Pero mientras iba conociendo lugares increíbles en Jujuy, que le podían competir a cualquiera de los que veía en la TV, yo sentía que los quería mostrar. Pero no es lo único. También me interesa la cultura, para mí es algo fascinante, inacabable de mostrar. También quiero mostrar esa conciencia ancestral de la tierra, fruto del legado indígena y la mezcla cultural que tiene la provincia donde vivo. Rescatar eso es la tarea a la cual me he encomendado.

—Jujuy, la Quebrada, Los Andes, son los escenarios de sus fotografías. ¿Qué le lleva a mostrar especialmente esos territorios?

—Principalmente el hecho de haber crecido en estos lugares, donde el patio de tu casa es la montaña, donde podés subirte al árbol del vecino, cortar una naranja y comerla en el momento. Una forma de vida que está en conexión con la tierra y que al conocerla de cerca me lleva a querer contarlo a través de las fotografías.

Los territorios están unidos a las personas que los habitan. En los Andes, como en muchos otros lugares del mundo, aún habitan poblaciones indígenas que conservan sus tradiciones, costumbres, y que tienen una cosmovisión de la vida que está muy en sintonía con el universo entero y con la tierra. Tienen una conciencia bastante más amplia de cómo cuidarla: la tierra es un ser viviente, un todo donde las personas, el ecosistema y el entorno no están separados, y tampoco es una cosa a partir de la cual generar actividades del tipo extractivistas.

—¿Cuáles son las mayores dificultades para fotografiar la realidad campesina-indígena?

—Hay muchas dificultades, pero no las tengo a la hora de hacer la foto en sí, para llegar al lugar, a la gente, empatizar, que me entiendan y que entiendan mi propósito. La dificultad la siento a la hora de mostrar las fotos que hago.

—¿En qué sentido?

—Hay que ser cuidadoso al fotografiar gente, en el contexto y lugar que los mostrás, en el espacio que les das. Implica ser muy respetuoso con la persona que te brindó el retrato, ya que éste se hace de a dos: yo no hice esa foto, esa foto o ese momento me lo brindó alguien a mí también. Me ha pasado de conseguir fotos de los Andes profundos, de la gente que está en la montaña, cultivando su papa andina… y para mí no fue difícil llegar hasta allí, hacerlo, hablar con la gente y que entienda mi propósito. Pero en el momento, por ejemplo, en que esas fotos se cuelgan en una pared o aparecen en algún medio de comunicación, ahí es donde encuentro la dificultad. Quiero tener respeto por ese otro y que todo el mundo pueda entenderlo de esa forma.

—Muchas veces las comunidades son retratados desde miradas ajenas, alimentando así la exotización de sus culturas. ¿De qué depende que eso no suceda?

—No va a dejar de suceder. Es imposible. Incluso a mí me puede pasar que al hacer fotos de algo que no conozco pueda caer en la exotización. Porque justamente esta es una forma de mirar aquello que no se conoce, a la diferencia, de observar lo desconocido, lo ajeno.

—En un país tan vasto y con realidades diversas. ¿Cree que hay «pocos» registros del mundo rural-campesino-indígena o,dicho de otro modo, hay mucho más de la vida urbana?

—No, para nada. Ahora, si me preguntás si hay buenos registros, es otra cuestión…. Siendo un país agricultor tan amplio como es la Argentina, no siento que haya muchos trabajos que reflejen la vida en el campo, a la agricultura familiar de pequeña escala, con conciencia de la tierra.

—¿Por qué cree que sucede?

—Porque hoy en día es fácil hacer fotos y es más simple acceder a aquellos lugares donde la gente trabaja la tierra. Pero lo que no es fácil es tener una mirada adecuada acerca de lo que está sucediendo. Una mirada con conciencia y entendimiento de muchos aspectos de la vida del campo.


Foto: Gianni Bulacio

El Jujuy de ayer y hoy
—Entre su niñez, el inicio de su trabajo como fotógrafo y la actualidad. ¿Qué cambió en su tierra?

—Actualmente Jujuy está mucho más integrada al país. Hace veinte años era un destino mucho más virgen, sobre todo en lo que refiere a la explotación a través de emprendimientos turísticos. En Jujuy sucede como con esos lugares que se descubren y que bueno: ahí vamos todos. El turismo hizo que mucha gente de afuera se haya venido a vivir acá. En este aspecto el cambio es notorio. Hoy en día, sobre todo la Quebrada, está lleno de gente de todas partes del mundo, de otras provincias y de Buenos Aires.

—Y en lo que refiere a las costumbres, ritmos. ¿Nota alguna diferencia?

—Sí. Tradiciones como el carnaval, las fiestas patronales y muchas otras celebraciones son diferentes desde cuando yo era chico. Tal es el caso del Carnaval de la Quebrada, que históricamente se jugó con espuma, papel picado y talco, a lo que se le llama la mixtura. La idea de ponerse toda la cara blanca era la de igualarse, para que no existan diferencias por clases sociales, razas, religiones. Pero desde hace unos años muchos tucumanos comenzaron a ir al carnaval y en Tucumán el carnaval se festeja pintándose con colores. Se metió así la pintura al Carnaval de la Quebrada y mucha gente se enfadaba porque al casi no verse personas con talco en la cara, sino pintada de diferentes colores, de flúor, sentían que se perdía la esencia. No creo que se vaya perdiendo, ni que la cultura evolucione, sino que se va adaptando a la época, algunas cosas se alejan y otras nuevas se incorporan y de esa forma va mutando. Por ejemplo, a este mismo carnaval ahora se le sumaron consignas que antes no estaban, como el «no es no», y está buenísimo que eso suceda. La experiencia me hizo dar cuenta de que la cultura es algo dinámico, que está viva y es porque la hacemos nosotros.

La ruralidad, los pueblos indígenas y el alimento
—Para el modelo capitalista y extractivista elementos de la naturaleza como la sal, el litio, el agua e incluso los paisajes son los recursos que Jujuy debe ceder en nombre del supuesto «desarrollo». Desde algunos sectores se interpreta esto como nuevas formas de colonizar un territorio. ¿Cómo lo evalúa?

—Es un tema complejo, sobre todo en el caso del litio. Se lo promueve como una energía verde que permite reemplazar a otras generadas por combustibles fósiles, pero para su extracción y procesamiento conlleva un altísimo consumo de agua. El norte de Argentina, Chile y Bolivia conforman el triángulo del litio o «del oro blanco» y éste se encuentra en sectores de altura en donde ya de por sí hay poca agua. Como no es suficiente, ríos, lagunas, arroyos se vacían y secan en pos de obtener más agua para la actividad. Esto genera un importante estrés hídrico en la región y se están consumiendo los periglaciares que son nuestras propias reservas de agua. Las zonas y las comunidades aledañas también se ven afectadas, están perdiendo su fuente de vida y subsistencia. Y lo cierto es que la política del gobierno actual de Jujuy no contempla a las comunidades. Es un problema que no sólo afecta a ciertos sectores, sino a toda la región, a la provincia entera. Por otro lado, la explotación del litio le está dando solamente el ocho por ciento de las ganancias a la provincia de Jujuy, el resto se lo llevan empresas extranjeras. Pero el problema no es sólo dónde quedan los beneficios, sino a qué costo estamos dando el agua.

—¿Cómo describiría el rol de los trabajadores rurales y pueblos indígenas en la conservación de la biodiversidad y la producción de alimentos?

—Es fundamental. La sabiduría no está en el campo, porque al campo lo trabaja gente que le importa la tierra pero también gente que no, que le importa más la plata. El saber está en estas comunidades que trabajan con una agricultura familiar y que tienen un conocimiento muy importante respecto a cómo cuidar la tierra. Al entenderla como un organismo viviente, como algo propio, comprenden que cuanto mejor esté el suelo preparado y cuidado, mejor son los alimentos que nos dará.

—¿Qué observa del vínculo entre la mujer, la tierra y el alimento?

—Según mi cosmovisión andina, todo tiene su opuesto, lo masculino y lo femenino, sin uno no existe lo otro. Me enseñaron que la tierra es una energía femenina, por eso le decimos Madre Tierra, y al entenderla como tal nos educaron para conservarla, atenderla. Cuidar a la tierra es cuidar a la propia madre y quien no quiere a su madre no se quiere a sí mismo. Por otro lado, en todos los aspectos de la vida y en la mayoría de los rituales que pude conocer, el rol de la mujer es esencial. Dentro de esa dualidad hombre-mujer, ella es la que se encarga de todo lo relativo a los alimentos, de pensarlos. En el campo son las que le dicen al hombre qué hacer y cómo hacerlo. Ellos hacen el trabajo de fuerza, pero la que sabe y la que entiende qué debemos poner ahora, que vamos a poner después, son las mujeres. Siempre han sido también las que se encargan de pensar en la comida, en alimentar a todos, y lo hacen desde el lado del amor. Allí radica la diferencia, ¿por qué piensan en el alimento? porque hay un amor puesto en el otro, algo que el hombre descuida muchas veces.

—¿Es quizás la idea de fertilidad, la que une a las mujeres con la producción del alimento?

—Sí, es una energía de fertilidad que el hombre no tiene. Entender la concepción del alimento así como la de un hijo: la de hacer nacer, hacer crecer, la de la semilla.

La profesión
—¿Cuáles son los principios que guían al contar la realidad? ¿Con qué no negocia?

—Con lo que no negocio es con dibujar las realidades a la hora de contarlas, con el fin, por ejemplo, de vender más. Aprendí a hacer fotodocumentalista y la base es contar la realidad tal cual es. Si bien no soy ingenuo y sé que la fotografía no es la realidad propiamente dicha, sino que está atravesada por la subjetividad de mi propio bagaje, de allí a querer agrandar las cosas para que se venda más: con eso no transo. Por otro lado, mi premisa es siempre intentar regalar las fotos que hago a las personas que formaron parte de ellas. Hasta muchas veces analizo si hacer o no hacer las fotos pensando en si se las voy a poder llevar después. Me parece algo muy lindo para ellos, y para mí también. Siento que le da sentido a mi trabajo.

—-¿Hay algo de “devolución” en su trabajo?

—Sí, porque lo que yo hago no lo hago para mí. Yo soy un medio para acercar una sabiduría ancestral de pueblos que sí la tienen a otros que no, y nada más. Esa es mi única intención, el por qué de este trabajo en la montaña y con la cultura de los pueblos originarios. Tienen una sabiduría que se está olvidando en la comunidad y siento que hay que utilizar la herramienta que uno tiene al alcance de la mano para recordarla. Y, a la vez, a quien te provee de esa sabiduría, regalarle una foto impresa es un gesto mínimo que representa el devolverle algo a cambio. Si yo le puedo dar más, le doy más. La felicidad de la gente cuando esto sucede es inexplicable. Lo mínimo que puedo hacer es devolverlo. ¿Por qué no?

—Entiende que sus fotografías existen a partir de un vínculo con el otro/a.

—Exactamente. Por ejemplo, cuando estuve trabajando en un proyecto sobre las mujeres samilantes, las cuales hacen una danza vestidas con plumas de suri. Recuerdo que había una nena, Aymara, vistiéndose con sus plumitas. Le pregunté a sus padres si le podía hacer una foto, me dijeron que sí y no me pidieron nada a cambio, pero cuando les llevé la foto, que era un poco más grande que esta mesa, me comentaron que la querían poner en el living de su casa. Para ellos eso se convierte en un recuerdo que es para toda la vida y que si yo no se la doy ellos no la van a imprimir, sólo la van a poder mirar en su celular con la pantalla rota.

—¿Qué recomendaciones le daría a quiénes se inician en la fotografía? ¿Para quienes buscan registrar la realidad rural?

—Sugiero salir a la calle y curtirse. Hacer fotos y que te salgan todas desenfocadas, la próxima te saldrán enfocadas. Hacer y hacer y hacer. Ver a los grandes, los maestros, ver muchas fotos más allá de las redes sociales, buscar en los libros y en las bibliotecas. El consejo máximo para quienes quieran registrar las realidades rurales es ir a tomar mate con la gente. Andate dos semanas, tres, sin hacer otra cosa que charlar, hacete amigo. Y después, quizás, le vas a poder hacer una foto.

—¿Fotoperiodismo o fotografía documental?

—Las dos. Depende para qué. Mi formación es como fotoperiodista, pero hoy en día no me alcanza, por eso hago fotografía documental. De este lado puedo contar una historia, sin la necesidad de la inmediatez, de tener que contar todo en una sola foto y de encajarla en una caja de tanto por tanto. En la fotografía documental es donde puedo poner mi carga emocional, donde me encuentro más a mi tiempo.

—Su último trabajo se llama «Sueños». Si tuviese que soñar con un mundo ideal, ¿qué fotografía lo representaría?

—Tiene que haber gente. La imagino en el campo. Creo que una persona cosechando maíz sería una buena foto o también una mujer pariendo, porque lo que quiero con la fotografía es expresar la vida, la semilla que crece y se cosecha.

Fuente: agenciatierraviva.com.ar

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