Territorio

Crónica de una cancelación anunciada

8 de julio

2001
Pedro Brieger había sido mi profesor de Política Internacional en TEA, la escuela de periodismo. Tanto me interesó su materia, que al recibirme le pedí que me entregara el diploma. Me auspició para un viaje a Alemania para jóvenes periodistas y yo consultaba su biblioteca y a él para mis trabajos de ciencia política. Ese día me propuso juntarnos para hablar de una propuesta de laburo de investigación. El tipo de trabajo que yo más quería. La conversación se enrareció muy rápido. Nunca llegamos a hablar del proyecto. Todavía me avergüenzo cuando me acuerdo que yo miraba el piso o desenfocaba la vista en lugar de confrontarlo.

Después de un rato que se hizo demasiado largo, lo saludé y me fui corriendo, como escapándome. Ya tenía una visión del mundo y feminismo suficientes para entender que había sido una situación abusiva y que había quedado atrapada. Armé mi caso: él era veinte años más grande, mi profesor, mentor, me había dado varias oportunidades valiosas, yo quería mucho ese trabajo, se había aprovechado de mi confianza, me había tratado de manipular, no frenó ni cuando me paralicé ni cuando le dije que no me interesaba nada de todo eso. Describí y analicé el hecho con detalles y se lo envié en un mail que dice que no me hable nunca más y termina así: “De todas las perversiones, la que más horrible me parece es el exhibicionismo en todas sus formas, porque sólo genera en el otro parálisis y asco”. Sentí que con esa frase atacaba su autoerotismo y que me daba el poder de no ser su víctima, sino una amenaza para él. Me acuerdo nítidamente que antes de enviar el mail pensé que estaba cerrando para siempre una posibilidad de trabajo importante, lamenté mucho perder esa relación que me había permitido “crecer en lo mío”. No respondió el correo, llamó durante más de un mes todos los días a mi casa y me envió mensajes al beeper varias veces cada día. Nunca lo atendí y en algún momento me desconoció.

“de todas las perversiones, la que más horrible me parece es el exhibicionismo en todas sus formas, porque sólo genera en el otro parálisis y asco”.

2017
Cuando fue la ola del MeToo, como nos pasó a todas, revisé esta experiencia. No lo hice público por razones que considero válidas, pero que ahora creo que carecieron de un pensamiento colectivo y estuvieron más bien pensadas desde lo individual. Con el garantismo penal como metáfora —o como falacia— pensé que habían pasado tantos años que si en 2001 él hubiera cometido una violación ya hubiera prescripto. Entonces, insistir con lo que había pasado ante un hecho menos grave me parecía demasiado. Creo que ese razonamiento pseudopenal me reforzó una perspectiva individual y de alguna manera me volvió a colocar en el lugar de víctima, en el sentido de que tomé como opciones exclusivas o bien asumir que había prescripto (soltar) o bien buscar un castigo (escrachar). Y, entre esas opciones reducidas, primó la idea de no pasarme de punitiva (cancelar). La cuestión del plazo también es engañosa: yo tomé como referencia los hechos que había vivido en 2001, pero desconocía su total falta de reconocimiento y la continuidad de su conducta. La trampa es que finalmente no hice nada, tampoco solté y ahora sabemos que siguió pasando de todo.

En esa época también circulaba el argumento de que al tratarse de un tipo grande, “de otra generación”, podía estar confundido sobre qué es un “derecho al levante” y qué es un acoso, pero esto yo tenía claro que no corría: en lo personal, porque me había tomado el trabajo de explicarle blanco sobre negro todo lo que estaba mal en lo que había pasado conmigo. En lo social, porque no hace falta ser contemporáneo, feminista ni tener marco teórico —cosas de las que además él no carece— para entender que lo que hace está muy mal y fuera de todo parámetro de lo esperable.

Lo que hice fue avisar a una amiga feminista y conectada que si otra mujer contaba algo así de él, yo iba a sumar mi experiencia, de eso ninguna duda. Y aunque comentamos entre compañeras que los profesores y las cátedras la estaban sacando muy barata mientras caían los actores y funcionarios, tampoco me imaginé que su conducta pudiera ser tan reiterada y recurrente.

no hace falta ser contemporáneo, feminista ni tener marco teórico —cosas de las que además él no carece— para entender que lo que hace está muy mal y fuera de todo parámetro de lo esperable.

2024
Finalmente, una mujer supo de otra, consiguieron saber de más casos e hicieron públicas sus experiencias a través de un periodista. Me siento muy agradecida hacia ellas. Ahora que se cerró el arco que se abrió en 2001, reconozco que aunque lo consideraba afectivamente neutralizado me ocupaba espacio. No deja de asombrarme la escala del daño y la ocurrencia de imponer conductas sexuales a relaciones con alumnas, compañeras y colegas, amenazando el trabajo de las demás y poniendo en riesgo el suyo propio. No es nuestra tarea comprender, pero una no deja de hacerse estas preguntas. En definitiva, durante décadas su carrera y su inconducta fueron compatibles.

Tal como había decidido hace años, cuando salieron otras mujeres yo me sumé y lo hice público en Twitter. En seguida, recibí varios mensajes, especialmente de varones, que sabían de las situaciones de abuso o que les incomodaba el trato de Brieger a las mujeres, pero que habían creído que no decir nada era la mejor forma de proteger a las que lo habían padecido: “Por fin cae Brieger. Laburé con él y sabía que tenía problemas con las minas hace mucho”; “Gracias, desde que me contó una compañera de cátedra, estoy hace cuatro años esperando que este tema salga de alguna forma”; “Sí, claro, otro ayudante se fue porque no se sentía cómodo con el trato de Brieger a las mujeres”; “Me lo crucé varias veces y nunca supe cómo encararlo sin exponer a mi amiga”. La premisa detrás de este secreto a voces parece ser la ética de “no exponer a las víctimas”, pero el resultado evidente es que protege a los acosadores. La idea de que es “un delito de acción privada” y que nadie puede activar “en nombre de las víctimas” también puede sonar protectora, pero de nuevo nos arrastra al universo penal y hace recaer la carga en cada una sin que nadie se pregunte, por ejemplo, cómo puede ser que una cátedra se haya vaciado de mujeres. Estos silencios alimentados en la confidencialidad y las buenas intenciones pretenden proteger a una persona, a una mujer, pero mientras tanto tienen como efecto la protección indirecta de quien ejerció —y puede seguir ejerciendo— abusos.

Desde ya que el escándalo cayó en la grieta, y es patético ver cómo otros tratan de aprovecharlo para meter sus cucharas macartistas. Peor aún, algunos varones que también son conocidos acosadores siguen tratando de extraer likes de la experiencia de las mujeres. Es ridículo también mezclar esta historia con las banderas de medio oriente o del ajuste social: no hay que distraerse con epopeyas. Ya habíamos acordado esto: el abuso de poder y el acoso sexual son transversales a ideologías y clases. La indignación moral también es transversal, como las ganas de identificar afinidades entre ideología y abuso. Hipocresías. Todos sabemos que esto pasa de izquierda a derecha. Y acá el juego a la derecha lo hizo Brieger, no quienes lo padecieron.

es ridículo también mezclar esta historia con las banderas de medio oriente o del ajuste social: no hay que distraerse con epopeyas. ya habíamos acordado esto: el abuso de poder y el acoso sexual son transversales a ideologías y clases.

Esos ruidos distraen del problema real: en muchos casos seguimos sin saber qué hacer. Tras años de darle vueltas no está claro cuál es el dispositivo para evitar que los tipos abusen de su poder y acosen. Si circulan situaciones que ocurrieron en TEA, en la UB, en Sociales, en Nodal, en medios públicos, con colegas de otros medios: ¿se soluciona con que cada una cargue el peso de activar un protocolo en su lugar de trabajo? Cuando la conducta es serial: ¿cuál es la alternativa no penal-punitiva y no de escrache en redes? ¿Cuánto tiempo y trabajo debe dedicar una por haberse visto enredada en un hecho así? ¿Cuánta exposición? ¿Cómo deberían actuar los que no dijeron nada, pensando que así cuidaban y no exponían a sus compañeras? ¿Cuál es el protocolo para la mayoría que trabaja en formas precarias e informales, fuera de las instituciones?

Creo que si en ciertos casos y por buenos motivos el camino no es el penal, los razonamientos también tienen que despegarse de esa lógica que impregna y distorsiona las decisiones. No ser punitivas no implica solo aborrecer ese sistema de castigos sino también la centralidad en “las víctimas”. No se trata de abandonar el cuidado para no revictimizar, sino de poder pensar las relaciones y las responsabilidades en un grupo o ámbito de un modo descentrado de los vínculos bilaterales, del uno a una. Una mejor protección para todos y todas sería una relación entre pares en la que los abusos —y su reiteración acrítica— sean tan reprochables que retirarse en silencio no sea la opción éticamente preferida. Si queremos prevenir y cuidar, hay que crear y hacer efectivos otros acuerdos y otros dispositivos.

En un momento histórico arrasador, donde todas las conquistas feministas están en la mira, tenemos aún muchas vacancias que derivan en formas de debilidad política, propias de ámbitos que no encuentran la manera efectiva de tramitar estos hechos, de avanzar sobre las contradicciones y de cuidar a sus integrantes.

Revista Crisis.

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