Política

Brasil. El bolsonarismo echa raíces

8 de octubre

La primera: Luiz Inácio Lula da Silva derrotó a Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones y necesita sumar el 1,6 por ciento de los votos para ganarle en el balotaje del 30 de octubre. Bolsonaro es el primer presidente en la historia que pasa a la segunda vuelta con un porcentaje menor que su adversario. Para no convertirse en el primero que intenta la reelección y no la consigue, debería convencer a cerca de tres de cada cuatro personas que no lo votaron en el primer turno. Aunque la elección sigue abierta, Lula se mantiene como favorito.

La segunda: después de cuatro años marcados por la negación de una pandemia que mató a casi 700 mil brasileños, el crecimiento del hambre y la pobreza extrema, las denuncias de corrupción contra la familia del presidente, el desastre ambiental en el Amazonas, las evidencias de complicidad oficial con milicianos y asesinos, la misoginia, el racismo y la violencia política como instrumento de poder, Bolsonaro sacó el 43 por ciento de los votos, apenas tres puntos menos que en la primera vuelta de 2018, e incluso aumentó su cantidad de votantes en términos absolutos. Le fue mucho mejor de lo que pronosticaban las encuestas e hizo una gran elección en distritos clave. Sus candidatos a gobernadores obtuvieron mejores resultados que los de Lula. Nueve de sus ex ministros entraron al Congreso, donde el Partido Liberal de Bolsonaro tendrá las bancadas más numerosas en las dos cámaras a partir de 2023.


Télam

Lo interesante y traumático es que ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Dos consignas sintetizaron los anhelos de la izquierda brasileña durante la campaña: Tá chegando a hora y Fora Bolsonaro. Parece que sí, que la hora de Lula está llegando. Pero Bolsonaro no se va.

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En las últimas catorce elecciones en América Latina los oficialismos salieron derrotados. Lula corrió delante de Bolsonaro en los sondeos desde que lanzó su candidatura. En los últimos días antes de la elección, los números le sonrieron demasiado: las principales encuestadoras del país le daban una intención de voto cercana al 50 por ciento, lo necesario para evitar el balotaje, con un margen de error de dos puntos. Con él acertaron: sacó 48,4 por ciento.

Pero la posibilidad de que Lula ganara en primera vuelta desató euforia en la izquierda, virulencia recargada en el bolsonarismo y temor en electores antipetistas que pensaban votar a terceros candidatos pero finalmente decidieron ejercer un “voto útil” a favor de Bolsonaro. Las encuestas le daban cerca del 36 por ciento de intención de voto al presidente, que terminó sacando siete puntos porcentuales más: una diferencia que se explica en buena parte por los votantes que abandonaron a Simone Tebet y Ciro Gomes, tercer y cuarto puesto, en la recta final. Lo que a su vez habla de la capacidad intacta de la comunicación política bolsonarista para movilizar un miedo atávico al fantasma del “comunismo” en grandes sectores de la sociedad.

Dos consignas sintetizaron los anhelos de la izquierda brasileña: Tá chegando a hora y Fora Bolsonaro. Parece que sí, que la hora de Lula está llegando. Pero Bolsonaro no se va.

En un par de horas de conteo, la sorpresa por el caudal de Bolsonaro destrozó el clima de optimismo que se vivía en la izquierda desde hacía semanas. Nadie lo esperaba. Lo paradójico es que, por razones muy diferentes, el bolsonarismo tampoco: en los círculos virtuales de apoyo al presidente había corrido el pronóstico de que Bolsonaro sacaría 70 millones de votos y ganaría cómodo en primera vuelta. El mismo resultado que hoy inquieta a la izquierda parece resultar insuficiente al fanatismo oficialista. En su primera aparición después de los resultados, Bolsonaro no se veía exultante sino más bien herido, agazapado. Peligroso como siempre.

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El general Eduardo Pazuello, ex ministro de Salud durante el momento más letal de la pandemia, fue el segundo candidato a diputado más votado en Río de Janeiro. Durante su gestión, Pazuello defendió el uso de la hidroxicloroquina para tratar el Covid-19, un medicamento desaprobado por la ciencia, y fue señalado como responsable de la crisis por falta de respiradores en Manaos.

Ricardo Salles, ex ministro de Medio Ambiente, fue electo diputado por San Pablo. Salles había renunciado al gabinete nacional en 2021, cuando lo investigaban por tráfico de madera y por obstruir una pesquisa sobre tala ilegal. Fue el vocero del gobierno en la minimización de los incendios y desmontes récord en la selva amazónica.

Damara Alves, ex ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, ganó una banca en el Senado por Brasilia. Alves había llegado al ministerio respaldada por sectores de las iglesias evangélicas y con un discurso ultraconservador que la llevó a polémicas innecesarias, como la que causó al declarar que los niños debían usar ropa azul y las niñas, rosa.

Con casi cien bancas en Diputados, el Partido Liberal de Bolsonaro tendrá el bloque más numeroso para un solo partido en los últimos 25 años

El ex juez Sergio Moro, ex ministro de Justicia y artífice del proceso penal que encarceló a Lula y que luego se demostró infundado, se convirtió en senador por Paraná. Aunque Moro había roto con Bolsonaro, en el último tramo de la campaña volvió a alinearse oportunamente con él.


Julianite Calcagno

El general Hamilton Mourão, actual vicepresidente, fue electo para el Senado por Rio Grande do Sul. Defensor de la dictadura militar y la tortura como “una cuestión de guerra”, Mourão llegó a ser una sombra para Bolsonaro en el gabinete y uno de los hombres más poderosos del país.

Más allá de sus mejores o peores relaciones personales con Bolsonaro, todos ellos están asociados a su figura, sus ideas, su forma de hacer política. Son el bolsonarismo echando raíces.

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Con casi cien bancas en Diputados, el PL de Bolsonaro tendrá el bloque más numeroso para un solo partido en los últimos 25 años. Durante la segunda mitad de su gobierno, el bolsonarismo gobernó en alianza parlamentaria con el centrão, como se conoce a las decenas de legisladores sin convicciones ideológicas definidas y reflejos rápidos para la rosca −en su mayoría, hombres blancos, ricos, de avanzada edad, conservadores− que viven prendidos a la política brasileña como una función fisiológica del sistema: están ahí desde siempre y no se puede prescindir de ellos para gobernar. En un eventual gobierno de Lula, aún si el Partido de los Trabajadores lograra alinear un frente de izquierda en Diputados, el centrão y el bolsonarismo juntos lo dejarían en minoría.

El día después de la elección, la campaña del PT difundió “noticias positivas” para levantar el ánimo de su base. Aunque en menor proporción que el bolsonarismo, la izquierda también aumentó sus legisladores. Guillerme Boulos, la cara del recambio joven progresista, sacó más de un millón de votos en San Pablo y entró al Congreso. Dos mujeres trans fueron electas por primera vez como diputadas. En el Senado, más allá del impacto simbólico de la elección de figuras como Moro y Mourão, el equilibrio de fuerzas también se mantiene relativamente estable.

La figura de Lula emerge como único dique de contención frente a casi medio país volcado hacia el bolsonarismo

El problema es que el equilibrio de fuerzas ya era desfavorable para el PT y sus aliados. Un gobierno de Lula no sólo debería lidiar con un Congreso de mayoría conservadora sino que, además, esa mayoría ahora sería aún más conservadora que antes: la derecha radical crece a costas de la derecha tradicional y moderada, que en esta elección vio cómo el bolsonarismo le sigue fagocitando representación política. Con la cancha tan corrida hacia el extremo, el movimiento lógico del centrão sería desplazarse hacia ahí. Y eso inevitablemente arrastraría a Lula o a cualquiera que quisiera un mínimo básico de gobernabilidad.

Menos de 24 horas después de que se conocieran los resultados electorales, todas las especulaciones giraban en torno a los próximos pasos que dará Lula para atraer al centro. Se hablaba de un relanzado protagonismo de su compañero de fórmula, Gerardo Alckmin, histórico referente de la vieja derecha. De la chance, desmentida hasta hace pocos días por el PT, de convocar a Henrique Meirelles, un mimado de los mercados, para el ministerio de Hacienda. De los posibles guiños al agronegocio, las iglesias evangélicas, las fuerzas de seguridad. De las negociaciones con Simone Tebet, dueña del 4,2 por ciento de los votos en la primera vuelta, una dirigente de centroderecha que viene jugando fuerte contra el bolsonarismo y que estaría dispuesta a declarar su apoyo a Lula. De la elusión de temas con los que Lula ya venía haciendo malabares durante la campaña: cuando le preguntaron si consideraría un gabinete con paridad de género dijo que le parecía innecesario; cuando le preguntaron sobre la política de armas se manifestó contra la desregulación, aunque contó que él solía andar calzado con una veintidós.

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“Esta elección es el retrato de un país que vive una ruptura, más que una polarización, entre dos formas de imaginarnos: un Brasil de mediados del siglo veinte y un Brasil que intenta mirar hacia el siglo veintiuno −dice Debora Diniz, antropóloga, investigadora y profesora de la Universidad de Brasilia, quien dio su apoyo a Lula durante la campaña−. Por eso vemos cortes de características regionales, raciales e históricas en el voto. Incluso después de las atrocidades que pasamos durante los últimos cuatro años, los votos oficialistas no son apenas para Bolsonaro sino que expresan esa tensión entre privilegios históricos y una posibilidad de transformación”.

Con las cartas así jugadas, las probabilidades de que Lula le arrebate electores a Bolsonaro son casi inexistentes. Según Diniz, la estrategia del PT debería ser ir a buscar votos en aquellos sectores donde la ruptura entre las dos imaginaciones sobre Brasil resulta más chocante: “La campaña de Lula tiene que hablarles a las mujeres, no sólo porque somos la mitad del padrón sino porque la confrontación entre los dos modelos nos interpela directamente. Bolsonaro se dirige a una masculinidad que vive de una nostalgia de la figura del patriarca de los años cincuenta. Para Lula sería inteligente no salir a disputar ese electorado, porque ya vimos en 2018 y ahora que esos votos no se mueven de Bolsonaro”.

La derecha radical crece a costas de la derecha tradicional y moderada, que en esta elección vio cómo el bolsonarismo le sigue fagocitando representación política

La elección deja otro dato tan previsible como deprimente: en un país con más de la mitad de la población negra, los candidatos negros, Vera Lúcia y Leonardo Péricles, fueron apenas dos entre once presidenciables y no sumaron más del 0,1 por ciento de los votos. La misma absoluta desproporción se registró entre los gobernadores electos en primera vuelta y los nuevos legisladores, más allá de la entrada al Congreso de una cantidad reducida de negros y negras que sirve a algunos partidos para lavarse la cara y a algunos electores para lavarse las culpas.

Como escribió el periodista Breiller Pires en su cuenta de Twitter: “Una avalancha de blancos electos con fondos y votaciones récord. Durante al menos dos siglos, el proyecto político más exitoso en Brasil sigue siendo el racismo estructural”. Podría ser un tema central en la agenda política, si no fuera porque casi la mitad del país votó a un candidato racista.

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Desde que Lula salió de la cárcel, la oposición a Bolsonaro se convenció de que sólo él podría derrotar al presidente. Los resultados sugieren que esa lectura era muy razonable. Si esta elección confirma que la ultraderecha llegó para quedarse, al mismo tiempo deja la impresión de que Lula es el único referente de la izquierda, e incluso del centro, con verdadera fuerza electoral más allá del nordeste del país. Dirigentes de primera línea del PT como Marcelo Freixo en Río de Janeiro, Fernando Haddad en San Pablo u Olívio Dutra en Rio Grande do Sul sufrieron duras derrotas en las disputas por las gobernaciones y el Congreso, al igual que candidatos de otros partidos apoyados por Lula en distritos clave donde él mismo ganó, como Minas Gerais. Del otro lado, la bendición de Bolsonaro durante la campaña funcionó para casi todos sus delfines.

Con el sistema de partidos −incluyendo al PT− en descomposición desde hace rato, la figura personal de Lula emerge como único dique de contención frente a casi medio país volcado hacia el bolsonarismo. Lula está vigente, activo, lúcido, confiado, con el hambre de quien fue dado por muerto y volvió para ser presidente. Pero está por cumplir 77 años. Algún día Lula ya no va a estar ahí. Hoy nadie se animaría a decir lo mismo sobre la derecha radical en Brasil.

Fuente: Revista Anfibia.

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