Política

Argentina. Rafita, desde los márgenes: a 5 años del asesinato de Rafael Nahuel, una mirada desde el barrio

28 de noviembre

Alejandro Palmas -Duke- es el coordinador del Colectivo al Margen, un grupo de vecinos y vecinas de Bariloche que, desde sus disciplinas, militan y comparten sus conocimientos en diferentes propuestas y trabajos desde la base, en los barrios del Alto de Bariloche. Uno de ellos es el Semillero Vientos de Libertad, dispositivo central en el trabajo cotidiano del colectivo.

El Semillero funciona desde el año 2007, en el barrio Nahuel Hue, zona del Alto de Bariloche, barrios de la periferia donde se agolpan, en humildes viviendas, trabajadores y trabajadoras informales y de la economía popular.

El Alto está lo suficientemente cerca para vender su mano de obra barata y lo suficientemente lejos para que el turismo internacional no se percate de la situación acuciante en una Bariloche que nadie ve o quiere mirar. Sin embargo, en este contexto, es donde se desarrolla el trabajo del Semillero.

Como tantos pibes y pibas de los márgenes, Rafael Nahuel -Rafita, como lo conocían todos- participó hasta sus últimos días en aquel dispositivo, aquel que quizás es el último espacio de contención y escucha antes de las fuerzas de seguridad. En el Semillero, Rafita compartió, se rió, contó sus problemas, recibió abrazos y, también, un oficio. El Rafa era asiduo concurrente de la carpintería, uno de “los productivos” que funcionan en el Semillero, ya que, además de aprender un oficio, cada tanto pueden sacar un mango que ayude a completar la olla.

La conversación con Duke tiene un alto grado de emocionalidad. No se está hablando de cualquier cosa ni de cualquier pibe, se está hablando de Rafita y de su asesinato por la espalda hace cinco años en el lugar que él eligió para revincularse con su raíz ancestral mapuche; esa que, desde la campaña roquista hasta nuestros días, intentaron borrar y estigmatizar.

Sin embargo, la charla gira en torno al barrio -el Nahuel Hue-, a las calles embarradas y las chapas heladas que lo vieron caminar, tropezar, pararse y mirar hacia el horizonte. Rafita fue asesinado en una recuperación ancestral, totalmente convencido de lo que estaba haciendo. Pero, a su vez, Rafita era el pibe de visera, aquella que no se sacaba nunca y que era, también, parte importante de su identidad.

La charla con Duke se enfoca ahí, en los márgenes, en el Nahuel Hue, en el barrio, en el territorio al que la ciudad turística le da la espalda.

Apenas empezando a hablar del tema, Duke lanza una primera bocanada de bronca: “Fue un poco frustrante todo lo que pasó. Ahora parece que se reactivó el juicio, pero llegar a los cinco años y que haya habido tanta impunidad…”.

—¿Cómo está el barrio hoy? ¿Cómo está el Alto?

—El barrio está enorme, no para de crecer. Hay mucho movimiento, mucha gente. Lo que marcó mucho fue la pandemia, hubo un antes y un después. Nosotros, hasta la pandemia, estuvimos en el Ruka Che (espacio de Desarrollo Social de la provincia de Río Negro, ubicado en el barrio Nahuel Hue y primera sede del Semillero), después cerró y nunca más se hicieron actividades. Lo usaron para hacer toda esa movida más de apoyo alimentario y, para nosotros, eso fue una cagada, porque era un lugar lindo para llenarlo de actividad y contenido. Sin embargo, nos vino bien. Nos dio un impulso para terminar nuestro centro barrial y ya nos acovachamos y empezamos a hacer propuestas. Entonces, creció un montón el barrio y, a su vez, nosotros crecimos un montón en él, empezamos a brindar muchas más actividades. Y así viene la cosa, con mucho laburo, con mucho movimiento comunitario.

—El nuevo centro lleva el nombre de Rafa…

—Sí, en realidad, el nombre está puesto más que nada en la carpintería -que es una unidad productiva-, donde hay un grupito de seis compañeros y compañeras. Tomamos el nombre de “carpintería Rafa Nahuel” porque fue la actividad emblemática que estaba haciendo el Rafita. Le pusimos ese nombre sin hacer mucha pomposidad porque, además, hay toda una discusión interna nuestra.

Y lo fuimos terminando en cuotas. Empezamos, justamente, por la carpintería, después hicimos la parte de adelante -que justo ayer nos aprobaron el gas- y tenemos la panadería casi terminada y el SCUM -salón comunitario de usos múltiples- arriba. Lo vamos haciendo en cuotas, mucho remar en dulce de leche es esto…

—¿Qué talleres y qué actividades tiene hoy en día el centro?

—Estamos con las dos naves insignia que son la panadería productiva y la carpintería. En las dos, estamos metiéndole mucho en laburo a generar y comercializar. Por ejemplo, con la carpintería, hoy estamos haciendo quince bancos para Parques Nacionales, para los espacios de uso público; y en panadería, estamos haciendo pizzetas y budines para las escuelas de gestión social. Este año, trabajamos mucho en panadería con mamás jóvenes. Estamos con esas dos varios días a la semana y, después, propuestas abiertas. Sumamos un peñi, Gonzalo, que está dando herrería y platería mapuche. Está Julita haciendo artesanía, comunicación y stencil. Le metimos este año mucho a dos espacios de apoyo escolar, armamos las brigadas educativas, que eso fue para nosotros otro salto. Imaginate los pibes que ya venían peleando en la escuela, con la pandemia y sin conectividad. Alguna escuela en los sectores medios tenía computadora, hacían actividades, pero en el barrio no. Cero conectividad. Por eso, metimos las brigadas educativas y arrancamos con enanos de 5 y 6 años, y fue un éxito total. Conseguimos unos cuantos compañeros militantes, que algunos son de Centro Atómico -profesionales y profesores-, entonces, tenemos inglés, química, física. Y así venimos, con un montón de actividades a las que, además, se suma comedor de lunes a viernes y agregamos ferias de economía popular para potenciar la comercialización de las cosas que se hacen. Está creciendo, viene bien.

—Pienso en todo este trabajo, en el lugar lleno de vida, y también es inevitable pensar en Rafa, a cinco años de su asesinato. ¿Las problemáticas de los pibes en el barrio siguen siendo similares?

—A mí, lo primero que se me viene a la cabeza es el grupete de los que eran pares del Rafita. Tuvieron casi todos hijos, todos se fueron a vivir a La Toma, se fueron del Nahuel Hue. Muy precario todo, pero resolvieron la vivienda de esa manera, como pudieron. Ocuparon un terreno, se hicieron la ranchada y algunos, incluso, más o menos, se insertaron en las changas y en el laburo. Con ese grupo no nos estamos viendo hace un tiempito, de la mitad de la pandemia para acá, hicieron otras historias -están grandes, tienen de 24 años para arriba-.

Digo ese ejemplo porque todos los que eran los compañeros del Rafita más o menos rumbearon. Los que pasaron ahí los momentos más críticos terminaron haciendo opción por proyecto de vida. Cuando nosotros nos bajoneamos, decimos que todo está mal, que no sale nada, ahí miramos a los pibes estos y decimos: “Bueno, pero impactamos en las trayectorias de vida”.

Después, las problemáticas son las mismas. Se te meten los transas, eso genera problemas entre los pibes, se desconocen, hay peleas muy feas… ese nivel de violencia del Alto de Bariloche sigue estando. Estos últimos meses, se tranquilizó: cuando hay un hecho muy heavy, las instituciones, las organizaciones aparecen, se mueve todo, se tranquiliza; y ahora estamos como en la tensa calma. No hubo otra situación, porque las instituciones se pusieron a ver. Pero hay mucha violencia. La problemática es de mucha violencia, mucho consumo. En la pandemia, también, mucho pichón de transa; en la malaria que generó la pandemia, los pibes se metieron en esa.

—En el barrio, hay muchos pibes y pibas que son de origen mapuche, más allá de que se reconozcan o no. ¿Cómo se ven la militarización y los desalojos? ¿Qué piensan los pibes?

—Nosotros planteamos este tema en el barrio. Con el compañero Gonzalo, nos propusimos laburar la interculturalidad, que sea parte permanente en el dispositivo. El año pasado, para los cuatro años del asesinato de Rafa, hicimos unas jornadas interculturales -que ahora las vamos a repetir- en las que vinieron 200 pibes de escuelas. Agarramos toda la parte cultural y los juegos como para mostrar el otro lado, porque, lamentablemente, la política y los medios construyeron este discurso hegemónico de que los mapuche son los violentos, radicalizados, secesionistas, no son argentinos; un discurso de odio muy fuerte y feo. Desarmar esos discursos, la verdad, es recontra difícil. Por ejemplo, este año, hicimos un SCUM con las comunidades mapuche, una semana donde mostraban toda su cultura, artesanía. Y, cuando se presentaron los pibes, eran todos de apellido mapuche. Fue muy emotivo, porque había un lonko que les fue explicando a los chicos que no se reconocen. Entonces, uno decía: “Sí, mi abuela vive en el campo”, “Sí, yo tengo un primo que es mapuche”, como una idea medio vaga. Y el lonko les fue explicando a cada uno qué significaba su apellido. Era muy emocionante. Pero, en general, la mirada que reproduce el barrio es la de los medios, como que lo mapuche es feo y es malo. Se repite el discurso estigmatizante. Hay que laburar mucho para desarmarlo. Y con el profe Gonzalo laburamos mucho para que pudieran ver de dónde venía su familia.

—Recuerdo, justamente, que Rafa había tenido una profe mapuche en un taller al que, particularmente, le daba bastante centralidad y veo un paralelismo con Gonzalo. Más allá de este discurso estigmatizante que construyen los medios, quizás ahí, en lo chiquito, se da de otra manera…

—La mayoría de los barrios no tienen lof, no tienen comunidad porque han perdido los territorios en la Campaña del Desierto. Hay un discurso que nosotros repetimos con la academia, la formación, interpelados por la temática, también, por momentos, romantizándolo: esta idea de la vuelta al territorio, que tiene que ver con la lof y con la comunidad. Pero la gran mayoría son pibes que ya no tienen la posibilidad de volver al territorio porque su familia lo perdió. Entonces, Gonzalo me dice: “Nosotros tenemos que meter acá, en este barrio, que acá está nuestra gente”. Así, nosotros apostamos a laburar con los pibes en el barrio y empezar a hacer esa siembra. Estamos ahí, mostrando lo hermoso de la cultura mapuche y rompiendo con este discurso hegemónico de la violencia. Queremos ir por otro lado. Es muy de a poquito, que los pibes vean que, en el espacio, estamos haciendo el choike, que vamos a hacer la jornada, que vamos a ir a una comunidad a acampar. Venimos pensando una estrategia que es muy de largo plazo; aunque ahora, en el día a día, la perdemos, apostamos a eso.

—¿Cuáles son las sensaciones del Colectivo a cinco años del asesinato de Rafa?

—A mí siempre me marca primero la tristeza. Me pinta un poco la emoción, por lo que podría haber crecido el Rafa, lo que podría haber sido como referente en el centro barrial. Hoy podría ser un tallerista. Un poco la sensación es esa, cuando cortan una vida tan joven, con tanto carisma, con tanto potencial. Hemos perdido un compañero que seguro hoy estaría ahí, siendo muy valioso en esto que te estaba contando. Lo vivo un poco como esa frustración de sentir que no pudimos, que, en todo este gran quilombo que se armó, no pudimos llevar a cabo nuestra estrategia de justicia por el Rafa. Pensamos que, por ahí, habría que haber hecho otras acciones diferentes, entonces, queda un poco de resignación, de frustración. Tantos años y que el crimen esté tan impune es símbolo de que, como sociedad o como comunidad barilochense, no pudimos sostener un reclamo que es recontragenuino, un pedido de justicia. Son sentimientos encontrados, se nos cruzan, porque es colectivo… son muchos sentimientos.

Fuente: La Tinta.

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